Por: Rufo Caballero

La transparencia
Ha llegado tarde. El estudiante ha llegado tarde. Entra sigiloso y se echa sobre la última silla. Prefiere ver la clase desde el fondo, allí las figuras se dibujan mejor, el arte toma un fulgor extraño. No, no es que prefiera verla; en todo caso, prefiere escucharla. Aunque sí, prefiere verla, porque esta clase se ve, se disfruta desde el voyeurismo que privilegia la última fila. El estudiante entró esquivo, anda leyendo la última novela de Milán Kundera, forrada con una disuasiva carátula de revista. El libro se llama La inmortalidad, y tiene absorto al estudiante.
Pronto habrá exámenes pero el estudiante no tiene otra mirada, sólo mira a la inmortalidad. La novela narra cómo un hombre, que es decir el escritor, se enamora de una mujer a partir de un gesto que le descubre al borde de una piscina. Son veintidós años y el estudiante no puede menos que enamorarse de la novela como su escritor de la mujer. Le parece suprema esa imagen de sublimidad que pinta por igual el ángel de la mujer y la excepcionalidad de la mirada masculina capaz de descubrir el nimio y trascendental gesto de la inmortalidad; porque eso es importante, es importante el orgullo nada sutil de un escritor que relata el momento privilegiado de su vencimiento a la muerte. Al estudiante le parece el summum de la poesía.
Son veintidós años, y tiene delante a una mujer tan histriónica como la de la novela. También gesticula, aunque no poco, entorna los ojos, lleva sus manos hasta el pecho, lleva sus manos cargadas de anillos, se parece a la cantante de turno, ella lo sabe y se siente sobre la pista. Es una mujer maravillosa, es una mujer para enamorarse. Sabe mucho, pero más que su saber importa la virtud de su representación del saber. Mujer histriónica, lábil mujer del conocimiento, la hábil de la clase, la seductora. Lleva dos horas sobre un mismo asunto: en la pintura de Carlos Enríquez, ¿la transparencia es tributaria del color, o el color es deudor de la transparencia? Todos los chicos han lanzado sus conjeturas pero pareciera que la tentación de la disyuntiva está en su irresolución, nada que hacer. Tributaria o acreedora, la transparencia sigue siendo álgido súbito en la pintura del maestro.
Son las doce de la medianoche. El estudiante da vueltas en su litera, de un lado la transparencia, de otro el color. No puede ya con tamaños fantasmas. Se levanta y enciende la luz. Su destreza no alcanza para las precisiones que la clase demanda pero es claro al menos que puede entender la transparencia; de dónde parte o adónde llega seguirá siendo un enigma, mas el sentido de la transparencia sí que se ofrece en aquel espacio de insomnio. La transparencia es índice dador de organicidad, corporiza, confiere volumen, espacio y por lo tanto perspectiva. La transparencia es ardid sutilísimo del ilusionismo, y hay aquí, de entrada, dos tremendas paradojas: si la transparencia disuelve, difumina, vaporiza, fragmenta, ¿cómo puede estructurar, delinear, proyectar?; y luego, si el arte moderno se está viviendo como rebasamiento del ilusionismo, ¿cómo puede esta pintura resultar enardecidamente moderna?
Son veintidós años pero suficientes como para que el estudiante comprenda que es inútil responder esas preguntas; intentarlo equivaldría a justificar algorítmicamente por qué Carlos Enríquez es un genio. La transparencia no solo facilita zonas de luz sino que las refracta, y allí donde se cede luz, sigue forjando espacio la transparencia. No es este un dato ocioso, pues como en Monet y en Van Gogh, la luz en Carlos estructura, funde, y la transparencia es su accionadora capital, funge como construcción de la construcción, pericia de la invención, meollo de la travesura. Aun así, su cometido no se relaciona solo con la morfología: baña los planos de la referencia, al punto de que pudiera hablarse de una función alusiva de la transparencia, cuando anuncia, revela, desvela, incorpora el campo dramático de la referencialidad. Denuncia del palimpsesto de los cuerpos, en muchas de las piezas que estudian las dualidades del erotismo (cf. Bilitis, 1935) la transparencia, salaz, deja ver a la otra, al otro cuerpo de mujer que se entrevé en la fantasmagoría de la sed que la imagina. En otros casos la zalamería de la transparencia cumple el acuerdo tácito para con el conocimiento nacional de un secreto que es impúdico: hay definitiva alusión en el Rey de los campos de Cuba (1934), donde el simulacro de un pañuelo transparente sobre el rostro de Manuel García –equivalencia pictórica del sobrenombre literario de Tilín– desnuda el embozo de la identidad y confirma el salero del patriotismo cubano resuelto en la fiereza de la campiña como en la carnavalización de la referencia. Y desde luego poetiza, la transparencia poetiza, en la medida en que sumerge a los motivos en el élan tanto de lo turgente como de lo que se escabulle, en lo inalcanzable de lo que sólo el arte sabe devolver.
Las tres de la madrugada y el malecón silba con una devoción que sugestiona. El estudiante se flagela por la fragilidad de su destreza retórica. A un lado la transparencia, de otro el color. Abre entonces La inmortalidad y se queda dormido.
El poscrítico
No se explica el revuelo que suscitan la transparencia y otras hierbas en la interpretación de la pintura de Carlos Enríquez, cuando, para él, la verdadera y robusta modernidad del pintor está en la vulnerabilidad de la identidad, o sea, en su discurso sobre la diferencia. Para el poscrítico es la escritura pictórica de la diferencia la que muestra al Carlos Enríquez visionario, adelantado a prácticas culturales de medio siglo después.
En textos como Lesbianas (1935) y Columpio (1943) la mismidad de la ella se confirma en la alteridad que la visita; la mismidad a la otra se fuga, su vértigo padece, a sus pies se inclina, de su alma necesita. Sobre todo en el segundo texto se perfila un recurso de alta densidad alusiva: la alteridad, a saber el objeto de placer, adopta un tratamiento más velado, angular, como fantasmal, desdibujado en la trabazón del deseo. Con ello pareciera decírsenos de la naturaleza espectral del otro; la otra pudiera ser la agresiva externidad que a la ella reta, delirio lacaniano, aunque también: el desdoblamiento síquico de la mismidad, la confesión de su espejeo en la coartada del carnaval pictórico. Si la tensión de los cuerpos diferentes desarticula la idea de la alteridad como diferencia y los analoga en el espacio promiscuo de la identidad que comulga, la ilusión de ella como otra informa de una inusitada modernidad en la significación de los textos, visto el alcance que reviste el plasma de lo subjetivo en la mirada firmemente masculina, si bien no excluyente, del autor (tesis acaso verificable con los accidentes biográficos del pintor). La visión del eros lésbico resulta de la lubricidad del macho cubano, del macho cubano culto, que se pinta el escenario de la turbulencia y la transgresión.

Ese pálpito de lo subjetivo no se constata únicamente en el goce y la libertad de lo otro, también en la primacía que el gesto alcanza. El poscrítico de pronto recuerda alguna de las novelas de Kundera y observa que un texto como Las bañistas de la laguna (1936) le invita, las bañistas le invitan, a un relato delicioso: mitad mujeres, mitad diosas (en un texto armado del escarceo polar, incluso entre impresionismo y expresionismo), las ninfas han hecho el amor y, exhaustas, más exhaustas por el vapor que por el amor –esto es importante: están fatigadas por el calor, no importa mucho por qué calor–, han decidido darse un baño. Nada de ello, sin embargo, es determinante. Lo que interesa es textualmente claro en el primer plano de la composición, donde el objeto de deseo ya no aparece velado sino firme y resuelto como nunca; su soberbia y su donaire le alcanzan para dar la espalda al espectador –esto es no menos importante, ella sabe que él está ahí, que más que un hombre es un espectador, y ella necesita esa mirada de segundo grado. Siendo así, lo que de ella interesa no es la postura sino el gesto, ese momento de acomodarse el cabello. La belleza y el don de su femineidad se alimentan poco de su tersura, de la calidad de la carne, que por cierto es mucha pero es frívola; para pender en cambio de la disotopía de ese gesto abrumadoramente fuera de lugar: en el agua, de espalda, desnuda, al desgaire, ella siente que tiene que asirse el cabello. Es claro que se lo recoge para el goce de la mirada, pero a fin de cuentas la teatralidad del artificio en medio de un campo semántico natural y aparentemente desculturizado, recalca el demonio conquistador de la femineidad.
Tan embriagado está con este hallazgo (embriagado no, está enternecido), que el poscrítico tira el ensayo y empieza a escribir una novela. En su primer plano, una mujer se ajusta el cabello sin que nadie la mire. ¿Es eso posible?
El (otro) pintor
Carlos:
Escribo esta nota para agradecerte mi retrato, o sea, tu retrato de mí. Sé que entre nosotros no caben estos protocolos pero no puedo menos que ratificarte todo lo que, además de quererte, te admiro. Siendo el mejor de nosotros como sin dudas lo eres, me has pintado como el abanderado de la fe y eso tengo que agradecértelo hombre. Solo nosotros sabemos cuánto nos está costando la apuesta por un arte nuevo en estas tierras, cuando nuestro convencimiento no aniquila las trabas de todo tipo. Pictóricamente perverso, como casi siempre eres, en alguna de tus usuales zonas de manchas creo adivinar un ala emergente y así redondeas mi imagen como el San Jorge de la Habana; por cierto, ¿por qué lo has escrito en inglés, Carlos?, eso de «San George habanero» puede hacerle el juego a los «reclamos de cubanía» que empiezan a hacerme ciertas mentes pequeñas, cuando sabes que mi pintura, si bien reacia a la provincia, no puede entrañarse más en la Cuba menos externa. Pero en fin, ciertamente no uno sino muchos dragones me ha tocado vencer, aunque tengo bien claro que ningún arma alcanzará la elocuencia de mi pintura, a ella vuelvo como el santo a sus lanzas, con la misma tenacidad y un poco más de ilusión, tal vez. Contigo me veo hermoso, pero me veo hermoso por la agudeza con que me has colocado al centro mismo de tu sistema. Sé que eres un pintor obsedido con la mirada, y allí, al centro de tu cuadro, has depositado el azul de mis ojos, que reportan esa fuente de luz que necesitabas. Gracias, amigo, sé que para ti, y cuánto, la luz no es sólo física: tratándose de mí, tu bondad llega a tanto, y más. Entonces todo el cuadro comienza a girar en torno a esos ojos, como giraría el mapamundi que a un lado aparece. Y estoy mirando al espectador, entre desafiante y tierno, a la busca de ese diálogo que distingue a tu pintura, como a la mía, bien que mi clamor sea acaso más gris, más tenue, prefiera expresarse en el erotismo mismo de las ideas. Esto último que no robe un segundo de gloria a tu grandeza, enorme pintor de tu patria, nuestra patria. Como indica el cigarro, al centro de la zona inferior de tu, mi gran retrato, soy paciente y sabré aguardar. Sabremos aguardar. Gracias otra y mil veces, tuyo,
Marcelo
(una fría mañana de 1925).
El semiólogo
Tanta historia del poscrítico con el gesto de la bañista, cuando toda la obra de Carlos Enríquez merecería leerse a la luz de enunciados otros, de lo que está detrás, de lo que está al lado o lo que está sumergido. A mi colega le motiva Columpio como índice del fragor de la diferencia, pero cualquier abstracción sobre los signos de aquella pieza deja ver la floración de un sujeto más inquietante: la opción levemente estática de la inestabilidad, la ansiedad por captar el movimiento como una sed que vive de su fracaso. Sería pueril entretenerse en los ideologemas que aquí o allá agitan la semiosis y en cambio descuidar la configuración de ese enunciado total que tiene en la desazón del balanceo su materia.

De emprender una operación similar con la poética toda del maestro, tendríamos un primer sujeto en la sensualidad. Demasiada tinta ha corrido sobre ello (el semiólogo escribe demasiada no porque le parezca mal el culto a la sensualidad en Carlos Enríquez, sino insuficiente. N. del E.). Veamos: la sensualidad es esa fuerza sémica que articula el fluido temático de Carlos Enríquez, la entidad que arremolina y funde los diversos estratos de la cubanidad pronominal (calor, mediodía, simulacro de coexistencia, carnaval), la sensualidad mezcla y disuelve la autonomía de la naturaleza, la cultura y el hombre, la sensualidad no es atributo sino suprasentido, inmanencia que todo lo explica y todo lo propicia. Todo se realiza en el darse de la sensualidad, pero, como en la literatura cubana canónica en el XIX y en el cine de Humberto Solás, se trata de una sensualidad que a su vez se realiza en la agonía de la tragedia, y es aquí donde la poética de Carlos Enríquez se integra al fundamentalismo de lo cubano que privilegia el fatum del incesto, del rapto, del adulterio y el súbito violento como asideros cruciales del paisaje allí donde conviven cultura y nación.
No es otra la base filosófica que pudiera argumentar el culto desmesurado de quienes gustan pensar en Carlos Enríquez como «el pintor del siglo» o «el gran pintor de lo cubano»; esas voces aúpan de algún modo el sentido de representatividad cultural que asiste a una poética-epítome de un proyecto de exploración de lo nacional a partir de la tragadla del eros o la violencia de la realización. Efectivamente, en los lienzos de Carlos no hay distingo de relieve entre la historia y la belleza, la vida y la sensualidad; la voluptuosidad de la materia es la trenza que urde la vida a condición de existir en el espasmo de la contienda, y se supone que de ese embrollo se nutre y crece la vocación de lo cubano. La violencia de Combate (1941) es una violencia no por ardorosa menos coreográfica, su sujeto es una danza de la pelea, donde la lascivia que atenaza los cuerpos importa tanto como la pasión de la lucha; de modo que el enunciado no se inclina de un lado ni de otro del par sensualidad-colisión, para anclarse en la tensión misma. Es la virulencia invitadora, concitadora, la que parece explicar la sobredosis de nacionalismo que ciertos exégetas acunan en relación con la pintura de Carlos Enríquez.
Con todo, la danza de la pelea alcanza una dimensión paroxístlca a partir del estudio de las relaciones de poder en la trama de lo cubano que el pintor empieza a postular de forma más nítida y compleja hacia el segundo lustro de los años treinta…
La mirada
Nunca imaginé que la juerga con Víctor sería tan sabrosa. Se ha pasado toda la noche porque tanto y más cuanto y completamente, Carlos, y yo sin contener la risa; total, es un acomplejado, porque cuando se puso a joderme mucho le plantó un beso en la boca y Víctor Manuel el simpático pasó al adusto, su rostro mutó el semblante por el de la Gitana, se encerró en sí mismo, me miro grave y dijo: Carlos, tú estás loco. Se me ocurre que ambas reacciones retratan perfectamente nuestras pinturas, pero eso lo dejo a los biógrafos. Qué buenote, qué gran tipo este Víctor Manuel. Le conté que estoy metido hasta los tuétanos en un cuadro donde siento me va la vida, que llevo una semana pintando febrilmente. Víctor, escéptico como siempre, me ha dicho que bah, nada nuevo, pero yo creo que sí, que este cuadro puede ser grande.
Son las dos y treinta de la madrugada y no siento otro deseo que ponerme a pintar, miro de soslayo a mi espejo como la obligada reverencia de cada noche, pero solo de soslayo pues demasiadas voces me responden, voces que vienen de lo más recóndito del trasiego de este país, y no quiero que nadie me turbe esta noche, en que pudiera concluir mi cuadro, no sé, porque a él vuelvo una y otra vez, cuando me quiero alejar la mulata me llama, o el caballo, ese caballo de los que mi padre soltaba también en la noche, de los que finalmente se llevara La chambelona.

La mulata es fundamental, la mulata que sacude sus firmes tetas y eriza su rizada cintura; más que la mulata, su actitud, ese abrirse al simulacro del rapto. Es un rapto pero no lo es, es violación pero es un darse, un alarde, un entregarse, un mitigar con el clamor del erotismo la salvaje dureza de la posesión mayor. La mulata agradece la firmeza del falo que se anuncia con el fusil; que sólo se anuncia puesto que no hace falta aquí rasgo explícito alguno. El rojo abrasador, las tetas sobre la cartuchera, el remolino de la estructura enramando a los personajes en un coito impresionante, movimiento del sexo y de una cultura. La mulata de la izquierda es forzada, obviamente, pero déjenme ponerle acá, en el rostro, unos tintes fríos, como pálidos, quiero que la mulata esté en éxtasis, la mulata goza la violencia, y goza tanto la Imagen viril del guardia encima como el roce con el caballo debajo; la mulata está trenzada en la paradoja de su sentir, incluso cuando toca a la otra, la otra mulata a la que, aun abrazada, la picardía le alcanza para separar el rostro y coquetearle finamente al macho. Tengo que trabajar todavía más esta parte, el cuerpo de esta otra mulata tiene que confundirse con una posible imagen doble del caballo (del mismo modo que el caballo sostendrá el hocico sobre una especie de martillo –su pata–, que en la ambigüedad general se apreciará como otro falo), la transparencia tiene aquí que ayudarme a la ilusión de movimiento, de movimiento y violencia, de violencia representada, el sentido de representación es esencial: las mulatas actúan la violencia, hacen como que se resisten, y los tipos enseñan las tetas al espectador, necesito ese acento en la representación, ese escenario de la historia, porque de eso va principalmente el cuadro; porque siento que así se expresa de común la historia de mi país, mezcla furibunda de eros y sangre, remanso y turbulencia, crimen y seducción. Claro, he de tener cuidado con el semiólogo que escribió más arriba (semiólogo, qué palabra mala, ¿cualquier tiempo futuro será peor?), que de seguro verá el flirteo de mis mulatas con sus presuntos violadores como masoquismo de una Cuba doblegada ante su tumultuoso destino, el carnaval del eros como el carnaval político, histórico, cuando tampoco es que las mulatas sean Cuba. El arte no puede Interpretarse así, antenoche me vi la última película de Luis Buñuel y recordaba sus palabras: el arte no quiere decir nada; el arte dice. Y mi manera de decir es no extraviar nunca el enigma del arte verdadero, la Imposibilidad de reducirlo a un par de fórmulas que prescriben aquello que en el arte se experimenta como raptus.
Más que todo en mi cuadro, deberá subyugar el enigma de las miradas. Hace un par de años, con Las bañistas de la laguna, involucré al espectador en un juego de miradas: el espectador miraría a la bañista que está de espalda, esa bañista a la otra, y la otra a lo que está detrás de la anterior, que es decir, al espectador. Era la mirada el eje que orquestaba la composición y su anécdota posible. En este otro lienzo hay muchas figuras, colores, recursos de superposición de color produciendo luz y volumen, pero se trata de un cuadro estructurado sobre el cruce de las miradas. Miradas laterales, gazmoñas, viscerales, miradas angulares, hacia arriba y hacia abajo, los hombres enfundan su mirar tras sus sombreros, una mulata mira de reojo a alguno de ellos, en lo que la otra, en trance, mira su erotismo mismo. Y debajo, debajo el caballo, en el vértice inferior de ese triángulo perfecto que habla de la inestabilidad y la violencia de todo cuanto bulle; el caballo, que lanza una mirada, entre retadora e implorante de clemencia, al espectador. El caballo es el testigo, la conciencia de mi cuadro, preciosa bestia venerada por mi padre en la noche, el caballo por la chambelona pretendido, el caballo soy yo, su ojo es mi mirada, hasta que a solas me quede con mi espectador, deseo galopante de toda mi pintura.
¿Qué título pondré a este cuadro? ¿Estaría bien El rapto de las mulatas? De pronto me parece algo literal, pero no, no teniendo en cuenta que pinta un rapto que no lo es.
Y me voy a la cama, ahora que ya casi amanece. ¿Cuánto castigará el sol en esta otra mañana de un desigual 1938?